Continue a nadar

Saiu, depois de quase um mês sem colocar a cabeça para fora de casa. Trancando o portão atrás de si, o que via era uma noite fria, e ela gostava do frio. O céu estava uma mistura de azul, com cinza, com marrom – aquela mistura de quando já parou de chover há algum tempo, embora ainda pareça que há muita água por cair de lá de cima. Ela foi andando devagar pelo meio fio, na calçada haviam poças. Gostava do chão molhado, mas não de molhar os pés.

Estava calma, apesar de um pouco estranha por dentro. Também a calma era uma calma estranha. Mesmo depois de tanto tempo, ainda fazia tudo mecanicamente, como faz quem percorre o mesmo caminho todos os dias. Até que chegou na estação. E, tirando as poças, também lá embaixo tudo era como antes. Não se lembrava de chover ali, mas não procurou entender isso. Concentrava-se em andar mais depressa para evitar ser arrastada pelo fluxo de pessoas que vinham em sua direção: sentiu-se um pequeno peixe nadando contra a correnteza.

Depois de colocar e tirar o passe da segunda catraca da direita para a esquerda, a luz verde se acendeu e logo ela estava do lado de dentro. Rumo à primeira escada rolante do lado direito. Ficou olhando para os degraus por se formar, para saber onde colocar o pé – desde pequena cultivava a mania de não pisar em emendas. Mas os degraus não estavam se formando: estavam sumindo. E ela notou que havia algo errado, mas não notou o erro antes de o pé direito pisar o primeiro degrau e ela terminar de descer. Ou seria o último? Ela queria subir! mas desta vez a correnteza era mais forte.

Continue a nadar. O que isso queria dizer? Não sabia, apenas repetia: continue a nadar, continue a nadar. Para onde? Em frente? contra? Ou deveria ir de acordo com o fluxo? Mas sabia que se fosse com o fluxo não estaria nadando, e sim se deixando levar. Tinha sido assim a sua vida inteira: nadava para o lado contrário, mas era fraca e sempre se cansava antes do fim. E via todo o seu esforço sendo em vão quando retornava ao ponto de partida por pés que não eram seus.

Um impulso a fez sentir que deveria realizar o sonho que toda criança tem de brincar na escada. Pôs-se a andar sobre os degraus que desciam e, ainda que tivesse que subir dois enquanto descia um, soube que não mais controlaria seus impulsos. Não mais voltaria ao ponto de partida. No máximo passaria por ele de novo, já que na vida tudo é um ciclo e poderia ela também andar em círculos. Mas se o fizesse, seria por ela mesma. Sabia que agora continuaria a nadar. Sempre.

XII Concurso da Federal “Marlene Pessin Lopes Rodrigues”
1º lugar na categoria “Prosa” (2003)
Realizado pelo Centro Federal de Educação Tecnológica (SP).

Sobre carteras y supermercados

#1 Hace una semana o dos, venía caminando por la Avenida Pellegrini y necesitaba comprar un paquete de harina. Como volvía del trabajo, llevaba mi cartera azul de siempre: tiene un bolsillo grande con cierre, donde me entra todo lo que necesito, y seis bolsillos chicos externos, donde me entra todo lo que necesito tener a mano –aunque a veces falla, porque es como si las cosas cambiaran de lugar cada vez que llevo la cartera de un hombro al otro–. El asunto es que yo estaba pasando por la línea de cajas cuando vi que el de seguridad había parado a una chica que entraba justo antes que yo:

—La mochila –le dice a ella–.

Le pregunté si podía pasar con la cartera y me dijo que sí, claro, como si le hubiera hecho la pregunta más estúpida del Universo. Miré hacia atrás, a la chica que volvía, y tuve ganas de decirle al de seguridad que la única diferencia entre mi cartera y su mochila era que la primera tenía un montón de bolsillos al alcance de mi mano, mientras que la segunda ella la llevaba en la espalda –el tamaño era prácticamente el mismo–. Pero me pareció mejor entrar nomás.

Como era la primera vez que iba a ese súper, tardé no sé cuánto tiempo entre chusmear los artículos de bazar y tratar de ubicarme por los carteles de indicación. Por fin desistí de buscar y decidí preguntar a un repositor. La respuesta, como siempre, no podría ser más obvia: la harina estaba al final del pasillo. Pasa que yo necesitaba la harina-con-levadura-especial-para-hacer-pizzas-caseras-del-envase-lila, y solo encontré harina común, entonces volví a salir por la entrada y saludé al de seguridad, esperando que me fuera a pedir para abrir la cartera. No lo hizo, aunque me miró como quien se pregunta: ¿qué estuvo haciendo ésta ahí adentro por tanto tiempo si al final no compró nada? Menos mal que yo no le había hecho toda la publicidad de las ventajas de mi cartera por sobre la mochila de la otra chica, en el caso de que las dos tuviéramos la intención de robar algo (en ese súper de mierda que no tiene ni harina para pizza, agregaría ahora).

#2 Esta semana, cuando Nacho me pidió para comprar pan, prometiéndome unas ricas hamburguesas caseras para la cena, de pronto me olvidé que para usar el locker de La Gallega no hace falta tener moneda. Lo único que me acordé es que son medio exagerados. Fui al Coto de 3 de Febrero, el camino todo pensando que tenía un paquete de galletita en la cartera –la misma cartera azul de la otra vez–. Era una galletita de sal común y corriente, pero el paquete estaba casi entero y me gustaría seguir teniéndola para alguna emergencia (léase: por si acaso me da hambre entre el desayuno y el almuerzo, el almuerzo y la merienda, o la merienda y la cena). Tampoco quería tener que estar explicándome al pasar por la caja, así que antes de entrar fui a hablar con el de seguridad:

—Disculpe, ¿el locker acá es con moneda?

—Sí, de 1 peso.

—Ah… Es que no tengo moneda de 1 peso, y tengo un paquete de galletita en la cartera, ¿puedo pasar?

Al final pensé que me iba a decir que todo bien, porque la galletita estaba abierta y faltaban unas tres o cuatro. O sea, además de robarme un paquete de la galletita más barata, tendría que comer unas cuantas adentro del súper. A mí me parecía demasiado, pregunté por las dudas, pero él se limitó a hacer su trabajo: me la puso adentro de una bolsita de plástico de las de verdulería, la cerró con una etiqueta firmada y fechada y me preguntó (insistiendo) si estaba segura de que no tenía nada más. Todo eso por nada, ya que al salir no me hicieron ningún problema.

#3 Aunque el Carrefour me quede más cerca, hoy volví al Coto porque allá suele haber menos cola y además había promoción de jabón líquido y suavizante, lo que le vino genial a mi ropa recién lavada, que probablemente va a amanecer en el balcón de algún vecino si sigue ventando tanto. Hoy, el domingo más aburrido de la Historia, no anduve en bici en la Calle Recreativa (por las elecciones), no miré una peli gratis en el Cairo (por las elecciones), ni tomé una cervecita en casa que sea (por las elecciones) –claro que yo todavía no estaba pensando en tomar cerveza hasta que entré al súper y me acordé de que no podía comprar cerveza–. Hoy yo, que acá (todavía) ni puedo votar, salí de casa exclusivamente para ir al súper.

Por eso no llevaba la cartera azul llena de bolsillos. Ni la mochila, como he llevado muchas veces para distribuir mejor el peso de la(s) botella(s). Llevaba un bolso de compras –la ecobag bordada artesanal que me hizo mi mamá–, adentro de mi cartera roja, que tiene un bolsillo descosido y es tan chiquita que le entran justo: la ecobag bien doblada, el celular, la billetera y la llave, nada más. Es mi carterita roja de hacer mandados, pues una no suele tener problemas para entrar en ningún local pelotudo con una cartera tan chiquita. Hasta que hoy, saliendo del Coto, me pregunta la cajera:

—¿Me podés mostrar el bolso?